Diálogos con un cuervo

Es una mañana donde la neblina está cobijando la tierra; donde el frío se quedó atrapado formando una nube, como si el cielo estuviera fusionándose con el suelo. Voy caminando por un sendero que conduce a una banca situada justo al frente de uno de los árboles más experimentados del parque, observando en mí pasar como el silencio reina en la tierra; escuchando los sapos cantar sus himnos naturales y los patos despertándose para tomar el vuelo hacia su libertad. 

	Me voy acercando a la banca a un paso que no es lento, pero que tampoco tiene prisa. Es un andar que amerita al cuerpo a que sienta cada movimiento como una lucidez física y fluida. Luego de unos minutos de estar observando cada flor que se atraviesa en la pupila de los ojos como un estallido de amor infinito, llego a la banca. Me siento enseguida con la tranquilidad transmitida por aquella neblina que ahora cubre el cuerpo y penetra la mirada hacia al vacío físico.  
	Me dispongo a abrirme a un ser, cuyo plumaje es de color negro; negro como la paz de la nada. Este ser siempre merodea estos lugares justo cuando la niebla hace su presencia terrenal; cuya timidez la deja en pleno vuelo y que acá en la tierra, su voz es sabia, pues se descubre la naturaleza del universo a través de verdades amargas provenientes de sus roncos pero agudos graznidos: 

– ¿cada mañana vienes, te sientas en esta banca y no has sido capaz de abrirte a la curiosidad de mi voz? ¿Crees tú que no me vas a entender solo por qué mi voz es diferente a la tuya? – el ser negro emplumado me preguntó de repente, justo cuando se posó en una de las ramas del árbol más experimentado del parque, pues sabe que necesita de su sabiduría para poder comunicarse. 

– No es que no sienta curiosidad por tu voz. De hecho, no sé qué es lo que debería hacer o cómo lo haría para abrirme a tu lengua extranjera a la mía – le respondí de manera dubitativa, alagando su presencia. 

– Ya... ¿Qué haces acá entonces? – me pregunta directamente este ser negro, haciendo temblar mi mente con muchas palabras, sin realmente encontrar la respuesta adecuada o precisa. Su pregunta inspira miedo, un miedo que se viste de su color, porque es vacía y eterna. 
 
– Vengo a ver por primera vez la niebla – le mentí piadosamente. – Sin embargo, nunca he sentido la niebla y me gustaría conocerla: ¿qué es la niebla para ti? – le pregunté tímidamente, pues su presencia me intimida. 

– Me estás mintiendo, porque siempre te he hablado y tus respuestas han sido el silencio de la ignorancia. Mi voz canta, pues es mi saludo y mi despido de este mundo terrenal. Escuchas ruidos, mas yo te hablo en tu mente: tú sabes que esta no es la primera vez, ni será la última que dialogaremos. Así que, sé claro, ser extraño, si quieres seguir escuchando mi canto – el ser negro responde contundentemente a mis preguntas sin sentido, generando en mi mente una densidad tan profunda como la niebla que ahora abraza nuestras caras para que solo las voces puedan ser las amas del espacio. 

– ¿Qué me has estado diciendo? ¿Qué quieren decir estas palabras tan extrañas? – le pregunté de tal manera que mi curiosidad empieza a despertarse después de estar tanto tiempo sedada por las voces incoherentes del universo existencial de mi ser. 

– No recuerdo y no tengo ninguna capacidad para repetir cosas que el pasado ha cantado. Tú ya me escuchaste y es a ti de captar los tonos de mi melodía – el ser me responde en cierto tono que me hace sentir aún más extraviado dentro de los caminos nublados de mi mente. 

– Entonces, ¿qué tengo que preguntarte para qué tú me vuelvas a hablar como lo has venido haciendo antes? – Volví a él con una pregunta desesperada, ya que las ganas de conocer sus palabras despertaron las últimas neuronas que todavía seguían durmiendo en ese lecho imaginario y corrompido por las incoherencias. 

– No hay nada que puedas hacer, mi querido visitante, pues es precisamente lo que estamos haciendo y tú sigues preocupado por lo que se ha dicho antes. Yo seguiré cantándote y tú seguirás atado a los sonidos del pasado, ¿no lo ves? Mi voz y mi presencia es solo un reflejo ínfimo de nuestra existencia, pero tu voz y tu presencia pretenden ser lo único que existe en esta existencia. ¿Cómo procuras entonces escuchar si tus oídos están tapados por la contradicción de lo que ya fue? – El ser negro finalmente logra abrir un espejo con sus palabras. 

La niebla empieza a disiparse, pues el sol comienza a acariciar con su calor la tierra, mas, sin embargo, ella sigue muy presente en mi mente, indicándome que esta conversación únicamente ha pasado allí y el ser vestido negro no es más que un simple espectador. 

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