VOLAR HACIA EL VACÍO

– “Toma mi mano…” –.

Estábamos caminando por aquel bosque un poco perdidos por los senderos en forma de laberinto. Entonces, se lo repetí, – “toma mi mano que algo nos guiará”. Ella me preguntó un tanto cautelosa, – “¿hacia dónde podríamos ir? Solo veo árboles y pasadizos un tanto resbalosos y ya me he resbalado un par de veces. No creo que pudiese hacerlo otra vez…” –. El alba del día nos mostraba la lluvia de las lagrimas de aquellas resbaladas que nosotros, los mortales, habíamos vivido algunos caminos atrás.

Tenía la seguridad de estar viendo siempre el sol de frente; sintiendo sus rayos que traspasan las hojas espesas de los arboles forestales con sus ramas gruesas que nos impedían ver el horizonte, donde los azules se mezclan formando la vista infinita del vacío. – “Ven, creo que veo algo más adelante, pero nos va a tocar caminar un poco más…” –, le dije con un tono certero, generando en ella una tranquilidad para que no abandonara la pesadez de la caminata. Enseguida, me dirigí nuevamente a ella, – “¿quieres ir sola por otro sendero? Al fin y al cabo, nos dirigimos al mismo horizonte y solo podrías escuchar mi voz mientras tanto” –. Ella me miró enseguida a los ojos, – “no sabría responderte; no conozco ningún camino y no se si alguno de estos que estoy viendo me pueda llevar a ese horizonte que tu mencionas; no sé si tomando tu mano me pueda ayudar para dejar de resbalar… no se… no se… no se…” –. Su cabeza se agachaba, sintiendo un golpe de rendición.

Intenté de todas maneras levantar las alas de esta paloma. Estaba entendiendo que su viaje no ha sido del todo placentero como las aves suelen hacer en su libertad sublime. Había entendido también su incertidumbre, pues nos cruzamos justamente en el medio del bosque a través de senderos perdidos. Aunque, ¿somos extraños el uno del otro? Esa voz silenciosa me preguntó al conectar con su mirada inocente, pero con ciertas cicatrices que la vida empieza a forjar por culpa de las resbaladas que ella había sufrido en sus anteriores vidas. Por consiguiente, respondí a sus dudas, – “¿te sirve que te diga que conozco el horizonte que quiero enseñarte? He estado ahí varias veces. Aun así, a veces vuelvo al bosque cuando el infinito se nubla en mi observar y la soledad del desespero me lleva de vuelta a este mundo de laberintos. De todas maneras, sé salir, aunque no conozco el camino de memoria, pues ella y yo jugamos al olvido” –.

Los rayos del sol se iban posando por encima de nuestras copas cabelludas envueltas en oro, haciendo brillar esa conexión que generaban las palabras llevadas por el viento, pero atrapadas por los corazones de los oídos. – “Ven, vamos. El camino puede ser un poco largo, sin embargo, si empezamos a movernos ya, podemos llegar antes del crepúsculo rojo y ver todavía ese azul infinito del vacío” -, seguí insistiéndole de una manera donde ella no se sintiera persuadida como lo hacen aquellos seres sin corazón que buscan el más grande bienestar egoísta. Por ende, ella dirigió nuevamente sus ojos hacia los míos; esos ojos que siempre penetran la profundidad de la oscuridad vuelta luz, – “¿cómo puedo saber que lo que tu me dices es verdad? ¡Dime! No me hagas perder el tiempo con tus palabras de brujo que ya las he escuchado todas; ya me han pintado el mismo camino y mírame, estoy acá con mis rodillas raspadas de mis caídas; con mis ojos llenos de agua como si fueran dos océanos desbordándose de su maldito universo; con mi corazón envuelto en frustraciones por culpa de promesas adornadas por insensibilidades ínfimas de los que se creen inmortales… ¡Soy mortal! ¡Déjame ser mortal!”.

Al escuchar su suplica, me procuré de armarme de esa sabiduría que el ermitaño suele vivir para lograr mostrarle a ella la verdad del camino hacia el horizonte de color azul infinito. – “Te escucho, te siento, te entiendo, querida dama de color dorado bronceado. No es más que sigas esta voz, estos pasos, estos movimientos. Mis palabras no pueden adornar los árboles, mucho menos tu corazón. Ellas solo sirven para guiar hacia lo más allá. No pretendo nada más que mostrarte la belleza del azul infinito, ya que estos ojos y este corazón han estado allí. De todas formas, no puedo describirte lo que pasa allá, pues tu lo tienes que descubrir con tus propios ojos que visten los mismos colores que estos, los cuales han visto, en numerosas vidas, ese horizonte de color azul infinito” –.

En un suspiro eterno, ella logró darme la mano para caminar por medio de ramas tan gruesas que solo la elasticidad de los cuerpos permite atravesarlas. Pasamos, así mismo, ríos cuyas corrientes nos querían separarnos del uno y el otro, pero fue la fuerza de ese amarre de los dedos, ayudándonos a navegar como salmones en contracorriente. Atravesamos en silencio el territorio de los lobos inmortales hambrientos por la carne de los mortales que brillan en la oscuridad, pues ellos saben que, si coronamos la punta del acantilado, podríamos saltar en ese hermoso vacío y salvarnos de la muerte del sufrimiento. – “! ¿Qué?! ¿Me vas a hacer saltar? ¡Estas completamente demente! ¿Es a esto lo que tú me quieres llevar, a la muerte?” –, ella me gritó sulfurada, llevando su pensamiento a sus vidas pasadas de sufrimiento, creyendo que sería esta vez, otra caída más, tal vez la última. – “No te voy a hacer saltar. Te voy a enseñar a volar…” –. Le respondí con esa calma que la experiencia puede dar, reconociendo que si vuelvo a ese vacío será siempre como la primera vez.

Logrando llegar a la cima del acantilado, el sol se empieza a ponerse en su posición de ocaso, jugando con los colores del vacío; sin perder todavía el toque del azul infinito que yace en el horizonte. – “Ven, ahora sí. Es tiempo. Toma mi mano y saltemos juntos” -, me dirigí a ella en un tono suave para que ella se fuera preparando para lo que quizás era su último salto. – “Creo que todavía no estoy lista para hacer esto, ¿te podría ver primero hacerlo?” -, ella, continuamente dubitativa, con los ojos cerrados, me responde.

A pesar de la duda, abrí completamente la vulnerabilidad y la sensibilidad del corazón. – “abre los ojos amada dama de color oro bronceado. Mira en donde estás, respira el aire puro de la libertad. Mírame a los ojos como lo has hecho durante todo el camino espinoso que atravesamos juntos en el bosque. Siente lo que te estoy diciendo, pues no es otra cosa sino la verdad. Si yo salto, tu soledad se quedará acá y volverás al bosque de los laberintos y las resbaladas. Mientras que saltando conmigo, abrazaras la soledad de lo que alguien ha llamado amor, pues volaras e irás a donde tu quieras junto a mi o no, pues son tus alas, no las mías… Ya empecé a caer al vacío y mis ojos, y mi corazón son los que te están hablando en tu silencio dubitativo. Ven… Ven… Ven… Vuela junto a mi… Toma mis manos y deja que las alas crezcan en ti” -.

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